El reportaje que nunca publicaron

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En el año 2009, Daniel Alea, fotógrafo, y un servidor, nos lanzamos a las tierras del norte en busca del perpetuo invierno. Nuestro objetivo era llegar al ignoto archipiélago de Svalbard, el lugar habitado más septentrional del planeta, donde coexisten un mayor número de osos polares que de seres humanos. Llegué a imaginarlo como una suerte de salvaje oeste ártico, en el que el visitante debe armarse con un fusil para protegerse de los hambrientos plantígrados. Dicen que no necesitas visado para poder instalarte ahí. Sabíamos que en la profundidad de unas de sus cuevas se encontraba el arca de las semillas de la Tierra, un búnker para preservar la biodiversidad, el último refugio en caso de hecatombe. Soñamos con verlo y contarlo.

Finalmente no pudimos llegar, al tratarse de un viaje muy costoso, y nos quedamos lo más cerca posible de aquella quimera, en la Laponia noruega, la tierra de los samis, los últimos indígenas de Europa, e hicimos un reportaje sobre la vida de los pueblos nómadas del Norte, ya que tuvimos la suerte- ah, la suerte, caprichosa potencia- de localizar un encuentro mundial de pastores nómadas del ártico y subártico, en Kautokeino, la tierra espiritual de los samis noruegos.

Os dejo aquí un extracto del mismo y de las impresionantes fotos de Daniel Alea.

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CERCO A LA TIERRA DE LOS RENOS 

 Es una de las culturas más antiguas y flexibles de la Tierra. El cazador que se especializó en un animal, y siguió al reno en una transmigración constante, de norte a sur, de sur a norte. Son nómadas, habitantes por derecho del ártico, y amenazados por las promesas de una postmoderna tierra de Jauja. El ártico es rico en petróleo, gas, diamantes… ¿Podrán sobrevivir a la invasión los samis, los soyot, los nenets…?

 El reno tiene la misma expresión de hace siglos: intuye que es carne, piel y grasa. Es todo. La fuerza y el sustento. El origen cósmico. Sus amos no necesitan de un chamán para entenderlo. Si se esfuma lo hace también su cultura, y así su pueblo. Ellos son el reno, diría el hipotético chamán. El reno es ellos, escupiría sobre el hielo eterno. Yin y yang a menos 20 grados centígrados. Así ha sido durante siglos.

 Los nómadas afirman que los hombres del sur no se asientan en armonía con la naturaleza, cómo hicieran los indígenas que aún hoy persiguen a los renos en el círculo polar ártico. Este nuevo hombre crea carreteras, fábricas, minas, expolia los bosques primigenios. Rompe la tierra. La cerca. La vampiriza. Es lo que los expertos llaman “la explosión humana en el ártico”. Un ártico al que los científicos, reunidos en la cumbre del clima Copenhague, pusieron fecha de caducidad: en el año 2050 el hielo en el océano se verá drásticamente reducido por culpa de las emisiones contaminantes. Posiblemente antes. La explotación petrolera en el Ártico ya ha empezado a medida que van declinando, paulatinamente, los hielos. Esto implica nuevas rutas, nuevo comercio. El cerco a las tribus de los renos, los últimos pueblos aislados, está llegando.

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“Los nómadas necesitamos estar alejados de cualquier actividad humana, allí donde haya carreteras, casas, instalaciones petroleras, fábricas, nos afectará. Los pastos acaban fragmentados, rompen nuestros ciclos y medios de subsistencia. El futuro está lleno de amenazas y desafíos, el cambio climático conlleva efectos indirectos, están colonizando nuestros territorios”, explica Anders Oskal, director del Centro Internacional de Cría de reno, envuelto orgulloso en su traje tradicional sami. Nos recibe en Kautokeino, en la provincia de Finmark, conocida por Laponia, donde termina el mundo. Es la capital secreta de los últimos indígenas europeos, situada al norte de una Noruega rica, que flota en petróleo y bienestar. Los samis son los más ricos entre los indígenas del ártico, y se han convertido en sus principales portavoces, aunando esfuerzos internacionales desde Rusia hasta las montañas del norte de China.

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El reno, que de tan amigable parece estúpido, está mirándonos en mitad del blanco cadalso, alejado del rebaño protector. Este es el territorio exclusivo de los samis, la reserva de un pueblo distinto en costumbres y lengua, cuyos cánticos y tiendas (lavvus) recuerdan a los amerindios. “Sin el reno seríamos simplemente noruegos”, afirma uno de los pastores momentos antes de inmovilizar al animal.

 El cuchillo típico que brinda un joven pastor sami en el cuello del reno encarna vida y muerte. El rojo impacta sobre el hielo creando un bello pero macabro lienzo. Una hecatombe antigua celebrada entre modernas motos de nieve. El animal muere y acaba descuartizado en un improvisado matadero en el campamento que los samis han desplegado cerca de la carretera. Los coloridos trajes típicos contrastan con la sangre, y hacen más turbadora la escena. La sangre es absorbida por el hielo. Los samis sonríen. Y rápidamente cargan en un remolque las piezas de carne fresca.

 Todo se produce en mitad de la nada, escrita en mayúsculas por el poder brutal de esta naturaleza absoluta, en donde un suspiro representa un grito. Estamos por encima del círculo polar ártico. Estamos en su tierra viva alejada del turismo y de la estampa fotográfica. Es el centro de bodas y de pastoreo de renos. Donde estos animales pasan el crudo invierno en espera de su transmigración anual hacia las islas del norte. Es aquí donde los sami se sienten auténticos, cercanos a su tradición, tras haber sido obligados a asentarse, a cristianizarse, a escolarizarse, desde hace siglos.

Puedes leer el reportaje entero aquí: Cerco_a_la_tierra_de_los_renos

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