Pongamos por un momento…

Pongamos que un magnate aspira a presidir el gobierno del país más poderoso. Este individuo es narcisista, inculto, ególatra, racista, un lunático. Pongamos que defiende con orgullo el apartheid y la tortura. Que promociona el machismo y entiende la guerra como única estrategia de negociación. Pongamos que este personaje llega al poder del país más poderoso. Pongamos que este fanfarrón cumple con sus proclamas y que las aumenta cual Calígula en sus desvaríos. Pongamos que el capitán de nuestra nave Tierra está loco.

Pongamos por un momento que la humanidad se va al carajo.

Solo lo siento por las mariposas que no votan.

Si existe dios

No sé si existe Dios, nunca obtendré respuesta, pero de manifestarse intuyo que lo haría en los actos sencillos, un reflejo fugaz cuya naturaleza nos es casi imperceptible. La ceguera vendría por buscarlo en lo grandioso, majestuoso, en lo sobrenatural. Es esta la obsesión por la epifanía y la zarza ardiente. Equivocada la perspectiva, lo haría invisible a nuestros ojos.

El lenguaje sagrado se escabulle de la pomposidad.

Aquel que haya comulgado con el hongo sabrá de lo que hablo.

Beso tus heridas, Etty Hillesum

Ayer dos ideas bólido impactaron contra mi planeta-mente, en la psique, en la conciencia, aterrizaron en el territorio inflamable que me habita. Digo dos ideas pero en realidad eran algo más que eso. Las transmitió la voz ronca de un locutor del que no conozco su nombre, en su programa del que tampoco sé el nombre, en esa radio que se autodenomina Contrabanda.

Voy con las ideas, no quiero extenderme, voy con los proyectiles, y después hablaré del incendio.

Idea 1. Impacto: un megatón.

Es la hermandad de los seres sufrientes, o la idea de una hermandad de sufrimiento entre los seres vivos. Abro los ojos y tiemblo. ¿Existe esa hermandad? ¿Debería existir? ¿La negamos? ¿Formamos parte de un club invisible?

Zapffe dice que aprendemos a negarla por supervivencia. El filósofo noruego concluye que la conciencia es un error de la naturaleza y que los humanos obramos por ello contra natura; para sobrevivir es necesario lisiarla, amputarla, y así no formar parte de esta comunidad, de esa hermandad de seres que padecen.

Ahora proyectemos imágenes de refugiados de guerra hacinados en nuestras fronteras, y digamos, no son nuestra comunidad…

Hay algo revelador en el hecho de admitir que mutilamos nuestra conciencia por supervivencia. Zapffe, del que poco o nada he leído, era un pesimista, dijo el locutor de la voz ronca.  Y sin embargo, aquí viene el incendio, no es disparatada esta hermandad de seres que sufrimos, y menos aún la amputación. Quizás, al contrario de lo que opina Zapffe, la conciencia pudo surgir para comprender esta hermandad que nos une, su objetivo sería golpearnos e incendiarnos, arrancarnos del sueño inmóvil de las bestias.

Debería leer a Zapffe, puede que estuviera de acuerdo con esto y que yo esté metiendo la pata.

Existe la hermandad de los seres sufrientes, solo que hay grados y niveles de amputación. Aquellos que en principio sufrimos menos, pagamos otro coste, y ese coste es la neurosis cultural, o estas proclamas de seguridad absurda que nos rodean en la amurallada ciudad invisible que protege a los idiotas, o esta insatisfacción perpetua del consumista ciego, la depresión, la locura, la impotencia, la debacle, el triunfo del Orfidal.

Voy con el segundo incendio. Impacto: destrucción de una estrella enana.

Es un nombre propio, es un gigante en esta hermandad de sufrimiento. Beso tus heridas, Etty Hillesum. Esta mujer de 27 años, judía, vitalista, lúcida, murió donde cayeron tantos seres sufrientes asesinados. Sin embargo, su diario, publicado creo en Narradores del Holocausto, contiene una jerga inaudita, una potencia sobrenatural, una conciencia que no fue amputada, sino multiplicada, amplificada hasta rincones que diría que no existen en mi territorio inflamable. Escucharla es oír a una mujer que pudo sobrepasar esos muros con una lucidez asombrosa, elevarse sobre las amputaciones físicas y los bebés muertos, compartir destino con la gata que parió en los barracones- ella era la gata sin caja, escribió. Dejó esta impronta inteligente días antes de pasar a la cámara de gas, pudo revolverse con un baile de palabras frente a esa barbarie impartida sin piedad por unos seres con la conciencia disecada, caídos los psicópatas en el sueño nocturno de las bestias.

No tengo a mano sus palabras, ojalá estuviera aquí el locutor de voz ronca para acompañarme. Pero puedo decir que su lucidez perpetua en esos campos de muerte petrificados provocó en mí un incendio que espero que no tenga final. No quiero más amputaciones. Quiero obrar contra natura, Zapffe. Lo quiera o no, pertenezco a la hermandad de seres sufrientes.

Nadie contratará a pesimistas

Tengo entre manos un reportaje sobre empleo. En parte versa sobre el futuro del trabajo, los cambios profundos que se avecinan. Hay cosas que si no asustan al menos me intrigan. No hablo del despertar de las máquinas y de la automatización de los puestos trabajos. El ludismo- aquel movimiento obrero contra la automatización surgido en los violentos lodos de cambio industrial- puede que retorne como hipóstasis del malestar proletario. También es posible que la robótica genere nuevas dinámicas de trabajo y que nos libere de las más pesadas. No deberíamos perder tiempo en esto. La Historia dirá, las razones serán trasferidas a la gran biblioteca binaria.

Una reflexión implícita en todo este proceso de cambio laboral llama mi atención. Tiene un transfondo de ingeniería social. Tiene que ver con la intimidad y el derecho al libre desarrollo de la conciencia. Un tema constitucional.

Parece que lo personal y laboral se funden, que los espacios sagrados que separaban antaño el hogar y la empresa, la sana separación entre el yo y la corporación, se desdibujan ahora con el brote epidémico de las nuevas tecnologías. Vivimos en la era de la transparencia, pero esta transparencia será engañosa. Adviene la época de los constructores de túneles.

De ello tienen culpa las redes sociales, el big data, y nuestra potencia pública impulsada por ellos, esta esfera sociotecnológica que apunta a un futuro mestizo en el que no podremos distinguir la figura externa de la interna, la máscara de la voz, la carcasa del corazón, y que nos obligará a crear sotános, lugares que nunca verán la luz si queremos sobrevivir.

Muchos de los contratadores dicen buscar o contrastar candidatos en los perfiles de instagram, facebook, twitter… Según como te muestres así serás comprado. La huella digital es imborrable. Pero no puedo dejar de pensar que hay algo perverso en esto. Esta fusión entre la empresa y el individuo, esta necesidad de contratación casi perfeccionista en la que los individuos deben ajustarse moral y selectivamente a la visión de humano que tiene una empresa. Un comunitarismo empresarial que sobrepasa los límites de la fábrica, la sociedad como gran fábrica, el capitalismo expandido hasta el último rincón de la existencia.

Escribo esto por una máxima que he leído en unos de los informes coach con los que estoy trabajando. Reza así: “Nadie contrata a pesimistas”. Su contenido parece casi eugenésico. Cioran fue pesimista. También Schopenhauer. Unamuno. Zapffe. Pasolini. Hobbes… La lista es interminable. ¿El futuro no los contratará? ¿Los ninguneará? Por qué llegamos a la conclusión de que un optimista hará mejor trabajo o servicio que un pesimista. Por qué un persona con pensamiento crítico, distinta, o incluso rara, haría peor trabajo que un ser humano dócil, fácil y conformista. Sin duda, me intriga.

Soy de los que cree que en la diferencia está el germen de toda evolución. Que el corral oculta la inminencia del lobo.

Sonrían y feliz semana, se lo dice un optimista nato.

PD: Antes he dicho que era un tema constitucional porque la carta magna dice protegernos de ser expulsados del paraíso laboral si se vulnera el artículo 20 del citado texto. Por mostrar opinión política o culto religioso o tendencia sexual uno no puede ser despedido. Pero qué ocurre si se exponen estos hábitos antes de ser contratado, si el empleador dispone de los medios para conocer la intimidad del futuro trabajador. ¿Puede este artículo legal protegernos a priori de no ser empleados por haber mostrado esas opiniones o fe? ¿Puede el derecho al libre desarrollo de la personalidad proteger a los futuros pesimistas?

PDII: Antes he utilizado la hipérbole de la eugenesia, es un extremo, lo sé, pero seleccionar e identificar a los trabajadores por los reflejos de sus conciencias o por elementos básicos de su personalidad- y no por cuestiones de eficiencia, creatividad, o valor añadido- nos conduce a una dinámica de selección antinatural. Si exajeramos esta dinámica tenemos como colofón que el pesimista pasará hambre, no tendrá descendencia ni transcendencia.

Un cuento chino

(Derivaciones de Cortázar)

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los chinos. Quería ir a verlos al santuario de Heng y quedarme horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un chino.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que Hunan abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Entonces yo sabía poco o nada de los chinos, pero a todos nos pasó lo mismo.

Un día se inicia el ritual, no importa si es otoño o verano, soleado o lluvioso. Te encuentras a un viejo amigo en la calle, a escasos metros del portal de tu casa. Despistado, te pregunta por una plaza próxima que no sabe o quiere situar en el mapa. Te cuesta reconocerlo al principio. Recitas su nombre dubidativo…

¡Hombre, qué casualidad!, dirá él.

Este es el momento en que deberías huir… Pero lo no harás porque ninguno lo hizo… Continuar leyendo

Así es la selva

Veo las rejas y el cristal roto. Truenan sirenas y gritos humanos. Así es la selva: un caos reptante, un nido roto. Pero yo aguardo…

¿Qué hará el resto de los fugados? Correr sin rumbo. ¿Qué pretenden los más fuertes? Quebrar las vallas, saltar hacia la ciudad dormida, su exterminio.

Oculto entre las ramas me llega el eco de los caídos. Parece un baile africano, un ritual macabro que se repite a cada rato: primero luz, luego el trueno, entonces el grito que acompaña al  sacrificio… Puede que sea un tapir o un dromedario el que haya entregado su sangre. Una detonación más en la piscina de los hipopótamos. Muerte. Selva. Y más muerte. Pero yo espero…

Estoy de suerte. La jungla es para los pacientes. Reconozco su sombra. Más temida que la del tigre; odiada como el siseo de una serpiente. En silencio, lo observo desde la cúspide arbórea. Miserable. Alza los puños por encima de las mangas de ese uniforme gris de usurpador. Maldice.  Qué pudo fallar. Cree que sigue al mando. Verá la silla que olvidó en la jaula y los cristales rotos. Por los rastros sabrá que el resto de cerrojos fueron vencidos con improvisadas herramientas.

Temerá la cercanía de nuestro vecino, el oso, el glotón. Olvidará la jerarquía de indicios que debería llevarle a protegerse del cielo: cada señal en el lomo, cada chasquido de arma eléctrica, los insultos, el plátano putrefacto que ha sido mi alimento durante años, mi inteligencia…

Los disparos y las sirenas al fin callan. Me gusta este silencio. Desciendo del árbol. Veo la espalda del hombre. Tengo a mi alcance los hombros que sustentan la frágil cabeza. He sido el más paciente de todos. Este es mi premio. Deberías saberlo: así es la selva.
 

Talía moribunda

Talía quitaba el aliento. Un manantial bombeado por una arteria que no escupía sangre sino éxtasis y ráfagas de psilocibina. No hubo un cuerpo más generoso. Perfecta cazadora de suspiros. Trastornaba a sensibles, videntes y locos. Habría matado a Stendhal, si es que no lo hizo.

Maldije los años de ausencia… 

Hacía un mundo que no posaba mi mano en la suya, y esta visión… abierta la delgadez, crucificada por tubos y gasas, el sudor, la tos…me quebró con la violencia de un paquidermo herido. Un penoso asunto vírico, concluyeron los médicos. De Talía solo quedaba un manantial seco sobre un lecho arrugado de sábanas. Intentó sonreír, pero no pudo.

Sentí odio contra el microbio… Qué título biológico definiría a estos monstruos capaces de llevarse lo mejor de un mundo. Qué animal es capaz de consumir a un anfitrión de tal belleza.

Los imaginé -quizás para sobreponerme a la imagen de esta Talía moribunda- platicando en su convención de los Órganos Unidos, cavilando la estrategia final. Construirían sus puentes y autopistas en los alvéolos. Lanzarían sus barcos, naves y armatostes de guerra. Embriagados de metropolis, asaltarían la última célula virgen. Ciegos, egoístas, ignorantes…

El microbio es cortoplacista, concluí, y está asustado, y no quiere pensar en el abismo. Continuarán quemando, cortando, transformando el cuerpo de Talía en materia inservible y plasticosa; negociando derechos abstractos que después no tendrán sentido alguno, cuando la chica hermosa sea consumida, acabada, y sus océanos de plasma secos, y los polos nerviosos derretidos, y sus selvas sanguíneas taladas, y la fauna y flora intestinal extintos.

¿Qué podrían hacer los virus? ¿Sabrían algo de equilibrio, de carne, amor, necesidad o belleza? ¿Puede un virus dejar de ser virus?

Talía murió aquella tarde en el hospital y con ella lo mejor de un sueño. Milenios después, otros microbios, situados en un cuerpo lejano, concluyeron que las colonias tienden al colapso.

Lo llamaron entropía.

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Delia cree que este cuento va sobre la muerte de la posesía. Yo lo imaginé sobre el fin del planeta Tierra.

Como es habitual, prefiero la interpretación de Delia.

Conversaciones con el reptil

Decir trauma es dolor-relámpago o llanto de pájaro extinto. La violenta matemática del desencanto opera de este modo. No hay dos sin tres. Una ecuación en la que tuve que sumar mujer amada con socorrista. ¿Qué decía Séneca de las piscinas de barrio? Nada.

Hundido, mi fe estaba en la química.

El médico dijo que la pastilla ayudaría. El médico no sabía quién era Lola. Lola me dejó por Borja. Borja nadaba rápido. Un tiburón ventosa, moreno y de pelo lacio. ¡Bestia acuática sin vergüenza!

Hoy se cumplen dos años…

El golpe dividió mi cerebro. Separas una mente y tienes un ring. No es una metáfora. La división fue exacta, un acto de desdoblamiento espontáneo. Por un lado, el neocórtex, gestor de la voluntad en psicología, puño moral de los viejos filósofos… y que parecía seguir defendiendo mi cráneo; por otro, el reptiliano, el señor pulsión, lobo sexual, pantagruel fisiológico… y que había logrado fugarse del cuerpo que le diera cobijo. Tenía la silueta de un lagarto y los ojos de un fantasma que ulula en el Cámbrico.

Yo blandía la pastilla con la fe del santo que se enfrenta a un dragón… Continuar leyendo

La conquista de Marte

¡Agua!, gritó Hernán Cortés Jr. a sus hombres. ¡Hurra!, respondió la jauría de rudos. El pequeño ejército, acostumbrado a moverse en el sentido unívoco de una bandada de pájaros, se dejó guiar por la mano del líder, y todos, sin excepción, se arrodillaron a los pies de la fuente.

Los hombres de ciencia tenían razón, ¡allí estaba la prueba! No encontraron indígenas, pero sí agua. Oscura y ceniza, pero agua, al fin y al cabo. Hernán recogió con sus manos el escurridizo elemento que aseguraba un nuevo Dorado. ¡Podemos vivir aquí! ¡Nuevo Mundo!, dijo.

Hoy la Colonia Cortés, en Marte, recuerda con una efigie la hazaña. Las primitivas formas de vida, en su mayor parte invertebrados, fueron sometidas a la teoría universal y asimiladas. No hubo encuentro posible con los aborígenes. Pero por las ruinas halladas en las grietas del Monte Olimpo, sabemos que los indígenas habían abandonado el lugar milenios atrás, antes de que la raza de Cortés se hubiera erguido sobre la sabana.

¿De qué huyeron? Una profecía escrita en los murales de Oshüm vaticinaba la llegada de un conquistador que cambiaría su mundo y deformaría los cuerpos y los espíritus marcianos. Prudentes, siguiendo el consejo de los Ancianos, decidieron exiliarse antes de sufrir la invasión. Escogieron como refugio un planeta cercano, en el mismo sistema solar, algo más grande que el suyo y de color azul. Lo llamaron Tierra y allí prosperaron.

Por un abrazo centroeuropeo

Lista de los lugares que cruzan…

Mares, tormentas, estrechos, abismos, muros, concertinas, campos minados, maizales, viñas, autopistas, lupanares, vías muertas, estaciones de ski desiertas…

Primitivos, encienden fuegos. Pernoctan sin pudor al raso. Cargan hijos, sacos y afonías… y todo en busca de un abrazo centroeuropeo. Uno de mamá gorda y aliento a chucrut. Como todos los pobres, son feos, y su mirada es un crucigrama inverso.

Los hombres y mujeres y niños de Europa asisten al espectáculo en directo gracias al omnicanal perpetuo; por la tarde, cansados, hastiados, horas antes del ansiolítico, mientras degluten el yogurt con cereales que asegura una vida larga y feliz. Como todos los ricos, son guapos.

Lista de los lugares que cruzan… Supermercados, oficinas, clínicas dentales, metros, pasos cebra, escuelas, campos de fútbol, bingos, playas, sexshops, discotecas…

¿A dónde irán estos miles de desalmados en fila india, afgana o siria, que cruzan atontados las fronteras siguiendo un rito animal arcaico?

Emulan a los seres con cornamenta que movidos por el instinto, antes de que les alcance el invierno, se atreven a cruzar por las negras aguas del río Mara. Allí los aguarda el cocodrilo, la boca cilíndrica del pez gato gigante, y es territorio del hipopótamo, el mayor carnicero africano…

Miles de europeos observan atónitos, en fila bávara, postrados frente a sus inventos mediáticos, y sienten miedo. Esta señal de su cerebro reptiliano resulta embriagante, un hipnótico. El miedo es un capricho de los hombres acomodados en la cabaña de invierno. Continuar leyendo

Pequeñas palabras

Busco pequeñas palabras como quien agacha la cabeza esperando encontrar un hongo en uno de esos bosques que solo crecen en la memoria; bosques que son el precio de un rescate infantil, en los que el musgo te moja los tobillos desnudos y las hojas te salpican las mejillas que aún son capaces de ruborizarse porque hay traición en el mundo.

Busco pequeñas palabras porque las grandes me faltan. ¿Dónde estarán? La palabra del mamut y del estegosaurio. La palabra del presidente. La firma de un notario. La hostia del obispo. Mi padre quería que me expresara como un ministro.

Tengo que conformarme con el musgo, le digo, y con la brisa y el chillido de un murciélago vacilante. Mía es la palabra del ratón, la de sapo, el susurro de un bandolero o el ánimo del contador de caminos.

Pequeñas palabras salen hoy de mi boca. Palabras con las que poder encontrar un mínimo equilibrio en este alambre de volatinero.

Demasiados son los hombres que buscan las grandes palabras, te digo. El año se cuenta en segundos y el Sol en luciérnagas.

Mi cuerpo se parte y la voz es un electrón sin centro al que rendirse. Busco pequeñas palabras como quien agacha la cabeza esperando encontrar un lector pequeño que odie las grandes palabras y planee asesinar a un ministro.

Cien palabras de soledad

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Cien palabras de soledad

(Viaje por la última carretera del ártico)

Someternos al hielo, arrodillarnos, rogar por nuestra suerte, por la nieve, por el cielo moribundo. Sí, aquí todo recuerda a lo mítico porque el mundo sigue indomesticable, la tundra reza sepultada por la materia blanca. Los lagos están helados. La aurora refleja sus halos en el cielo. Y el hombre teme enloquecer.

Los samis, los pueblos indígenas del ártico escandinavo, inventaron alrededor de un centenar de palabras para definir la materia absoluta que los envuelve. Nieve blanda. Nieve dura. Nieve helada. Nieve vieja… La nieve domina los puntos cardinales. Es la cuna del niño. El patio del recreo. El suelo de la cabaña. El lecho de los amantes. El lugar del sacrifico. Protege la tierra, la aísla del tiempo. 

El sami, el noruego o el extranjero, están obligados a fundirse con ella, ser un copo más. Fueron los hombres del Sur los que trajeron otra palabra: la carretera. Y nosotros sentimos la sangre y el hielo frente a este kilómetro infinito engullido por las fauces de unos gigantes postrados entre las arrugas de su lecho helado.

La ruta 69 cruza por la parte más septentrional de Laponia noruega, hasta morir en el non plus ultra, tras 129 kilómetros. Hoy lo llamamos Cabonorte, o Nordkapp. Está a situado a más 71º grados al norte, pasado ya el último paralelo, en el extremo polar de la isla de Mageroya. Es lo más lejos que se puede llegar por asfalto. Por de encima de aquí no hay nada: tan sólo el archipiélago de las Svalbard y el salvaje hielo del ártico.

Este es el Sahara blanco. Aquí el humano se refugia, claudica. En ocasiones no distinguimos los límites, qué es cielo, qué es montaña, qué será mar. En ocasiones no distinguimos nuestra sombra, y el terror a ser secuestrados por lo absoluto nos invade. Cien palabras no bastarán para describir esta soledad, ni aún tomándolas prestadas del sami. Y como en un mantra aparecerá deletreado el silencio, el- silencio.

Puedes leer el texto competo aquí

Las fotos son de Daniel Alea.

 

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El reportaje que nunca publicaron

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En el año 2009, Daniel Alea, fotógrafo, y un servidor, nos lanzamos a las tierras del norte en busca del perpetuo invierno. Nuestro objetivo era llegar al ignoto archipiélago de Svalbard, el lugar habitado más septentrional del planeta, donde coexisten un mayor número de osos polares que de seres humanos. Llegué a imaginarlo como una suerte de salvaje oeste ártico, en el que el visitante debe armarse con un fusil para protegerse de los hambrientos plantígrados. Dicen que no necesitas visado para poder instalarte ahí. Sabíamos que en la profundidad de unas de sus cuevas se encontraba el arca de las semillas de la Tierra, un búnker para preservar la biodiversidad, el último refugio en caso de hecatombe. Soñamos con verlo y contarlo.

Finalmente no pudimos llegar, al tratarse de un viaje muy costoso, y nos quedamos lo más cerca posible de aquella quimera, en la Laponia noruega, la tierra de los samis, los últimos indígenas de Europa, e hicimos un reportaje sobre la vida de los pueblos nómadas del Norte, ya que tuvimos la suerte- ah, la suerte, caprichosa potencia- de localizar un encuentro mundial de pastores nómadas del ártico y subártico, en Kautokeino, la tierra espiritual de los samis noruegos.

Os dejo aquí un extracto del mismo y de las impresionantes fotos de Daniel Alea.

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CERCO A LA TIERRA DE LOS RENOS 

 Es una de las culturas más antiguas y flexibles de la Tierra. El cazador que se especializó en un animal, y siguió al reno en una transmigración constante, de norte a sur, de sur a norte. Son nómadas, habitantes por derecho del ártico, y amenazados por las promesas de una postmoderna tierra de Jauja. El ártico es rico en petróleo, gas, diamantes… ¿Podrán sobrevivir a la invasión los samis, los soyot, los nenets…?

 El reno tiene la misma expresión de hace siglos: intuye que es carne, piel y grasa. Es todo. La fuerza y el sustento. El origen cósmico. Sus amos no necesitan de un chamán para entenderlo. Si se esfuma lo hace también su cultura, y así su pueblo. Ellos son el reno, diría el hipotético chamán. El reno es ellos, escupiría sobre el hielo eterno. Yin y yang a menos 20 grados centígrados. Así ha sido durante siglos.

 Los nómadas afirman que los hombres del sur no se asientan en armonía con la naturaleza, cómo hicieran los indígenas que aún hoy persiguen a los renos en el círculo polar ártico. Este nuevo hombre crea carreteras, fábricas, minas, expolia los bosques primigenios. Rompe la tierra. La cerca. La vampiriza. Es lo que los expertos llaman “la explosión humana en el ártico”. Un ártico al que los científicos, reunidos en la cumbre del clima Copenhague, pusieron fecha de caducidad: en el año 2050 el hielo en el océano se verá drásticamente reducido por culpa de las emisiones contaminantes. Posiblemente antes. La explotación petrolera en el Ártico ya ha empezado a medida que van declinando, paulatinamente, los hielos. Esto implica nuevas rutas, nuevo comercio. El cerco a las tribus de los renos, los últimos pueblos aislados, está llegando.

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“Los nómadas necesitamos estar alejados de cualquier actividad humana, allí donde haya carreteras, casas, instalaciones petroleras, fábricas, nos afectará. Los pastos acaban fragmentados, rompen nuestros ciclos y medios de subsistencia. El futuro está lleno de amenazas y desafíos, el cambio climático conlleva efectos indirectos, están colonizando nuestros territorios”, explica Anders Oskal, director del Centro Internacional de Cría de reno, envuelto orgulloso en su traje tradicional sami. Nos recibe en Kautokeino, en la provincia de Finmark, conocida por Laponia, donde termina el mundo. Es la capital secreta de los últimos indígenas europeos, situada al norte de una Noruega rica, que flota en petróleo y bienestar. Los samis son los más ricos entre los indígenas del ártico, y se han convertido en sus principales portavoces, aunando esfuerzos internacionales desde Rusia hasta las montañas del norte de China.

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El reno, que de tan amigable parece estúpido, está mirándonos en mitad del blanco cadalso, alejado del rebaño protector. Este es el territorio exclusivo de los samis, la reserva de un pueblo distinto en costumbres y lengua, cuyos cánticos y tiendas (lavvus) recuerdan a los amerindios. “Sin el reno seríamos simplemente noruegos”, afirma uno de los pastores momentos antes de inmovilizar al animal.

 El cuchillo típico que brinda un joven pastor sami en el cuello del reno encarna vida y muerte. El rojo impacta sobre el hielo creando un bello pero macabro lienzo. Una hecatombe antigua celebrada entre modernas motos de nieve. El animal muere y acaba descuartizado en un improvisado matadero en el campamento que los samis han desplegado cerca de la carretera. Los coloridos trajes típicos contrastan con la sangre, y hacen más turbadora la escena. La sangre es absorbida por el hielo. Los samis sonríen. Y rápidamente cargan en un remolque las piezas de carne fresca.

 Todo se produce en mitad de la nada, escrita en mayúsculas por el poder brutal de esta naturaleza absoluta, en donde un suspiro representa un grito. Estamos por encima del círculo polar ártico. Estamos en su tierra viva alejada del turismo y de la estampa fotográfica. Es el centro de bodas y de pastoreo de renos. Donde estos animales pasan el crudo invierno en espera de su transmigración anual hacia las islas del norte. Es aquí donde los sami se sienten auténticos, cercanos a su tradición, tras haber sido obligados a asentarse, a cristianizarse, a escolarizarse, desde hace siglos.

Puedes leer el reportaje entero aquí: Cerco_a_la_tierra_de_los_renos