Conversaciones con el reptil

Decir trauma es dolor-relámpago o llanto de pájaro extinto. La violenta matemática del desencanto opera de este modo. No hay dos sin tres. Una ecuación en la que tuve que sumar mujer amada con socorrista. ¿Qué decía Séneca de las piscinas de barrio? Nada.

Hundido, mi fe estaba en la química.

El médico dijo que la pastilla ayudaría. El médico no sabía quién era Lola. Lola me dejó por Borja. Borja nadaba rápido. Un tiburón ventosa, moreno y de pelo lacio. ¡Bestia acuática sin vergüenza!

Hoy se cumplen dos años…

El golpe dividió mi cerebro. Separas una mente y tienes un ring. No es una metáfora. La división fue exacta, un acto de desdoblamiento espontáneo. Por un lado, el neocórtex, gestor de la voluntad en psicología, puño moral de los viejos filósofos… y que parecía seguir defendiendo mi cráneo; por otro, el reptiliano, el señor pulsión, lobo sexual, pantagruel fisiológico… y que había logrado fugarse del cuerpo que le diera cobijo. Tenía la silueta de un lagarto y los ojos de un fantasma que ulula en el Cámbrico.

Yo blandía la pastilla con la fe del santo que se enfrenta a un dragón…

– Necesito comer…, gritó el bicho.

– ¿Sabes?, si tomo esto, desaparecerás…

– He sobrevivido a las cinco extinciones, sabré arreglármelas.

– Pues una sola pastilla y regresas al Jurásico.

– ¿Sube esa pastilla? ¿Nos colocaremos?

– No creo.

– Todo por esa puta.

– No la llames puta.

– Puta, puta, puta…

– ¿Por qué tienes que hacer eso?

– Yo puedo vivir solo, hipster. Cuando la carne aprieta tu cultura es nada…

Tenía razón. El bicho era el encargado de guiar los movimientos automáticos. Sabía huir y pelear. Era el rector de mi vida instintiva. Si estaba enfadado, mis pasos acaban torpes y patéticos. Tiraba los vasos y complicaba la visita al baño. Era mejor atenderle si no quería invertir toda una vida limpiando el bidé. ¿Qué era aquello de la voluntad? ¿Qué dijo Séneca del combate contra el reptil y el socorrista? Nada.

– Tú dame de comer, y busca a ver si nos queda algo de tequila… ¿Dónde lo escondiste? Llama al camello, pasemos la tarde como dios manda.

– Pensaba leer un libro.

– ¿Tienes el teléfono de la negrita?

– ¡No! Aquello fue un error…

– La culpa es tuya. El error fue del Cristo ese que tienes metido en la cabeza…

– Sabes que soy ateo.

– Todos los ateos decís lo mismo.

– ¡Llama tú al camello si quieres!

– ¡Fuma!

Y no pude evitarlo. El bicho tiene poderosos aliados. Toda adicción es hermana del reptil. El reptil apuesta y gana. La vida es guiada por impulsos, sin importar nada ni nadie. ¿Qué decía Séneca? Fumé el cigarro con la mirada atrapada en los colores de aquella pastilla que iba a cambiar mi vida, preparando mi próximo paso, el golpe definitivo, pensando en la fe, el lagarto y en los innumerables romanos.

Lola nunca regresaría.

El reptil me aconsejó que pasáramos la tarde en la piscina. Allí estaría Borja. Era la hora del baño.

¿Qué decía Calígula?

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