La conquista de Marte

¡Agua!, gritó Hernán Cortés Jr. a sus hombres. ¡Hurra!, respondió la jauría de rudos. El pequeño ejército, acostumbrado a moverse en el sentido unívoco de una bandada de pájaros, se dejó guiar por la mano del líder, y todos, sin excepción, se arrodillaron a los pies de la fuente.

Los hombres de ciencia tenían razón, ¡allí estaba la prueba! No encontraron indígenas, pero sí agua. Oscura y ceniza, pero agua, al fin y al cabo. Hernán recogió con sus manos el escurridizo elemento que aseguraba un nuevo Dorado. ¡Podemos vivir aquí! ¡Nuevo Mundo!, dijo.

Hoy la Colonia Cortés, en Marte, recuerda con una efigie la hazaña. Las primitivas formas de vida, en su mayor parte invertebrados, fueron sometidas a la teoría universal y asimiladas. No hubo encuentro posible con los aborígenes. Pero por las ruinas halladas en las grietas del Monte Olimpo, sabemos que los indígenas habían abandonado el lugar milenios atrás, antes de que la raza de Cortés se hubiera erguido sobre la sabana.

¿De qué huyeron? Una profecía escrita en los murales de Oshüm vaticinaba la llegada de un conquistador que cambiaría su mundo y deformaría los cuerpos y los espíritus marcianos. Prudentes, siguiendo el consejo de los Ancianos, decidieron exiliarse antes de sufrir la invasión. Escogieron como refugio un planeta cercano, en el mismo sistema solar, algo más grande que el suyo y de color azul. Lo llamaron Tierra y allí prosperaron.

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