Pequeñas palabras

Busco pequeñas palabras como quien agacha la cabeza esperando encontrar un hongo en uno de esos bosques que solo crecen en la memoria; bosques que son el precio de un rescate infantil, en los que el musgo te moja los tobillos desnudos y las hojas te salpican las mejillas que aún son capaces de ruborizarse porque hay traición en el mundo.

Busco pequeñas palabras porque las grandes me faltan. ¿Dónde estarán? La palabra del mamut y del estegosaurio. La palabra del presidente. La firma de un notario. La hostia del obispo. Mi padre quería que me expresara como un ministro.

Tengo que conformarme con el musgo, le digo, y con la brisa y el chillido de un murciélago vacilante. Mía es la palabra del ratón, la de sapo, el susurro de un bandolero o el ánimo del contador de caminos.

Pequeñas palabras salen hoy de mi boca. Palabras con las que poder encontrar un mínimo equilibrio en este alambre de volatinero.

Demasiados son los hombres que buscan las grandes palabras, te digo. El año se cuenta en segundos y el Sol en luciérnagas.

Mi cuerpo se parte y la voz es un electrón sin centro al que rendirse. Busco pequeñas palabras como quien agacha la cabeza esperando encontrar un lector pequeño que odie las grandes palabras y planee asesinar a un ministro.

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