Beso tus heridas, Etty Hillesum

Ayer dos ideas bólido impactaron contra mi planeta-mente, en la psique, en la conciencia, aterrizaron en el territorio inflamable que me habita. Digo dos ideas pero en realidad eran algo más que eso. Las transmitió la voz ronca de un locutor del que no conozco su nombre, en su programa del que tampoco sé el nombre, en esa radio que se autodenomina Contrabanda.

Voy con las ideas, no quiero extenderme, voy con los proyectiles, y después hablaré del incendio.

Idea 1. Impacto: un megatón.

Es la hermandad de los seres sufrientes, o la idea de una hermandad de sufrimiento entre los seres vivos. Abro los ojos y tiemblo. ¿Existe esa hermandad? ¿Debería existir? ¿La negamos? ¿Formamos parte de un club invisible?

Zapffe dice que aprendemos a negarla por supervivencia. El filósofo noruego concluye que la conciencia es un error de la naturaleza y que los humanos obramos por ello contra natura; para sobrevivir es necesario lisiarla, amputarla, y así no formar parte de esta comunidad, de esa hermandad de seres que padecen.

Ahora proyectemos imágenes de refugiados de guerra hacinados en nuestras fronteras, y digamos, no son nuestra comunidad…

Hay algo revelador en el hecho de admitir que mutilamos nuestra conciencia por supervivencia. Zapffe, del que poco o nada he leído, era un pesimista, dijo el locutor de la voz ronca.  Y sin embargo, aquí viene el incendio, no es disparatada esta hermandad de seres que sufrimos, y menos aún la amputación. Quizás, al contrario de lo que opina Zapffe, la conciencia pudo surgir para comprender esta hermandad que nos une, su objetivo sería golpearnos e incendiarnos, arrancarnos del sueño inmóvil de las bestias.

Debería leer a Zapffe, puede que estuviera de acuerdo con esto y que yo esté metiendo la pata.

Existe la hermandad de los seres sufrientes, solo que hay grados y niveles de amputación. Aquellos que en principio sufrimos menos, pagamos otro coste, y ese coste es la neurosis cultural, o estas proclamas de seguridad absurda que nos rodean en la amurallada ciudad invisible que protege a los idiotas, o esta insatisfacción perpetua del consumista ciego, la depresión, la locura, la impotencia, la debacle, el triunfo del Orfidal.

Voy con el segundo incendio. Impacto: destrucción de una estrella enana.

Es un nombre propio, es un gigante en esta hermandad de sufrimiento. Beso tus heridas, Etty Hillesum. Esta mujer de 27 años, judía, vitalista, lúcida, murió donde cayeron tantos seres sufrientes asesinados. Sin embargo, su diario, publicado creo en Narradores del Holocausto, contiene una jerga inaudita, una potencia sobrenatural, una conciencia que no fue amputada, sino multiplicada, amplificada hasta rincones que diría que no existen en mi territorio inflamable. Escucharla es oír a una mujer que pudo sobrepasar esos muros con una lucidez asombrosa, elevarse sobre las amputaciones físicas y los bebés muertos, compartir destino con la gata que parió en los barracones- ella era la gata sin caja, escribió. Dejó esta impronta inteligente días antes de pasar a la cámara de gas, pudo revolverse con un baile de palabras frente a esa barbarie impartida sin piedad por unos seres con la conciencia disecada, caídos los psicópatas en el sueño nocturno de las bestias.

No tengo a mano sus palabras, ojalá estuviera aquí el locutor de voz ronca para acompañarme. Pero puedo decir que su lucidez perpetua en esos campos de muerte petrificados provocó en mí un incendio que espero que no tenga final. No quiero más amputaciones. Quiero obrar contra natura, Zapffe. Lo quiera o no, pertenezco a la hermandad de seres sufrientes.

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