Un cuento chino

(Derivaciones de Cortázar)

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los chinos. Quería ir a verlos al santuario de Heng y quedarme horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un chino.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que Hunan abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Entonces yo sabía poco o nada de los chinos, pero a todos nos pasó lo mismo.

Un día se inicia el ritual, no importa si es otoño o verano, soleado o lluvioso. Te encuentras a un viejo amigo en la calle, a escasos metros del portal de tu casa. Despistado, te pregunta por una plaza próxima que no sabe o quiere situar en el mapa. Te cuesta reconocerlo al principio. Recitas su nombre dubidativo…

¡Hombre, qué casualidad!, dirá él.

Este es el momento en que deberías huir… Pero lo no harás porque ninguno lo hizo…

Tras el abrazo – tu amigo no era dado al afecto, recuerdas- te invitará a un té en el barcito de la esquina, tu preferido, un lugar cómodo, discreto, cotidiano.

Superada la pausa en los lugares comunes -“qué tal la esposa” “te veo muy cambiado” “desde cuando te gusta el té”- te apresará con un descubrimiento que hizo en su último viaje. Su boca construirá un nido de araña tejido con pegajosas anécdotas: habrá congostos y astutos cormoranes marinos, y los barquitos de juncos deambularán por corrientes esmeralda… Todo resultará exótico: su acento, los personajes, la topomimia, la orogenia, el tono en que repite tu nombre, tu nombre…

“Recuerda: el santuario de Heng”, concluirá.

Te regalará el mapa hecho a mano, y desaparecerá con destino a la calle norte, no si antes desearte buen viaje. No volverás a saber de él.

Comprarás el vuelo a Pekín porque hubo un tiempo en que pensabas mucho en los chinos. Necesitarás salir de esta piel abierta por las hojas del calendario. En primavera, ya estás embarcado rumbo a la Asia milagrosa, dispuesto a ser otro, un Laurence de Arabia, un Ibn Batuta, el último Marco Polo.

En este momento deberías volar el avión… Pero sé que no lo volarás porque ninguno lo hizo. 

Llegar al congosto de Chien no te resultará fácil, son semanas de escarpado camino superando precipicios abiertos en los tiempos en que la vagabunda Cimmeria impactó contra Euroasia. Los viejos taoístas afirman que es aquí donde termina el mundo y empieza el eso y el aquello.

Pasas el puente, y luego el túnel, y los muros de piedra, y encuentras el valle verde y la corona nevada del monte sagrado. Por fin pisas el poblado que se esparce a los pies del santuario como si un termitero hubiera sido atacado por un oso gigante o un culibrí de fuego. Los vecinos salen a recibirte y cantan de júbilo. La comitiva te sorprende, teniendo en cuenta el talante natural de los chinos; es bien sabido que son seres reservados y poco dados a los artificios. 

Un hombre joven toma tu mano y te lleva dentro de una cabaña y allí te sirven té, y legumbres, y pescados picantes. Estás tú frente a los enigmáticos chinos y por fin puedes pasarte las horas mirándolos como había prometido tu amigo. Parecen discutir un asunto importante. Uno de los congregados se acercará sonriente y tomará asiento al otro lado de la pequeña mesa de pino.

Yo respondí a su mirada en silencio y el contestó con más silencio. En aquel momento, desprevenido, este ritual me pareció perfecto. Pude hundirme en las hendiduras del parpado dorado. Tenía el rostro del asiático hambriento, el corte de las violaciones mongolas. Sus ojos y orejas, inexpresivos, pues así son los ojos y orejas de todos los chinos. Ambas esferas, negras como el testículo de un tapir doméstico, fijas en mí: parecen llamarte, quieren mostrarte su secreto….

Pensaba yo en la extrañeza de los chinos y su pulso enigmático; en el silencio perpetuo y esa emoción contenida; en la carcasa que escondía un mundo, como si los chinos en su silencio protegieran una verdad inasible, un misterio que iba a ser revelado. 

Sumergido en esta danza inmóvil, balanceado por un tiovivo nostálgico, mi cara continúo pegada en la suya, y era tan firme el puente, tan actractiva la gravedad del punto de anclaje (…piensas en Cimmeria y en su viaje suicida a través del océano informe…) que sin transición o sorpresa estaba yo al otro lado de la línea imaginaria que dibujaban nuestros ojos tranquilos.

Me costó reconocerlo al principio, me cuesta todavía creerlo, pero era mi rostro el que yo veía en lugar del chino. Era mi boca la que sonreía con la mueca del preso que ha logrado fugarse… 

Tú sigues al otro lado de la mesa pino, y verás el desdén de ese ente autónomo, sin consideración alguna hacia el pobre chino que alza la mano mendicante… Intentarás rebelarte, pero alguien agarrará con fuerza tu hombro. Asumirás lo invebitable. Comprenderás que estás ahora dentro del cuerpo de un chino y que aquella forma que había sido tu carne se marcha. Es entonces, horrorizado, cuando aceptas que no puedes impedirlo. ¿Cómo explicarle al policía que tú no eres el chino, sino que en realidad tú eres el otro, y que ese otro que quiere cruzar el arco metálico del aeropuerto es en realidad una carcasa en la que se esconde el verdadero chino?

Uno de tus nuevos compañeros se acercará y te dará un boleto con un número largo, una sucesión de dígitos imposibles. Te explicará que debes aguardar en el pueblo hasta que te toque el turno. Vivirás allí con ellos, sin documentación, atrapado en un cuerpo extranjero, pausado, inmóvil, oscuro, un habitante perfecto en las faldas de la roca que da nombre al santuario.

Tu otro yo cruzará el congosto de Chien, rumbo a tu vida, en la que se comportará de un modo distante. Montado en el avión, el usurpador fisgará en la agenda de contactos para encontrar a un amigo lejano, uno al que hubieras perdido la pista. Aparecerá luego en su casa para narrarle las aventuras del cormorán y el lago esmeralda.

Le obsequiará con un mapa hecho a mano y repetirá el nombre de Heng, el lugar prohibido.

Sé que lo hará porque a todos nos pasó lo mismo.

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