Así es la selva

Veo las rejas y el cristal roto. Truenan sirenas y gritos humanos. Así es la selva: un caos reptante, un nido roto. Pero yo aguardo…

¿Qué hará el resto de los fugados? Correr sin rumbo. ¿Qué pretenden los más fuertes? Quebrar las vallas, saltar hacia la ciudad dormida, su exterminio.

Oculto entre las ramas me llega el eco de los caídos. Parece un baile africano, un ritual macabro que se repite a cada rato: primero luz, luego el trueno, entonces el grito que acompaña al  sacrificio… Puede que sea un tapir o un dromedario el que haya entregado su sangre. Una detonación más en la piscina de los hipopótamos. Muerte. Selva. Y más muerte. Pero yo espero…

Estoy de suerte. La jungla es para los pacientes. Reconozco su sombra. Más temida que la del tigre; odiada como el siseo de una serpiente. En silencio, lo observo desde la cúspide arbórea. Miserable. Alza los puños por encima de las mangas de ese uniforme gris de usurpador. Maldice.  Qué pudo fallar. Cree que sigue al mando. Verá la silla que olvidó en la jaula y los cristales rotos. Por los rastros sabrá que el resto de cerrojos fueron vencidos con improvisadas herramientas.

Temerá la cercanía de nuestro vecino, el oso, el glotón. Olvidará la jerarquía de indicios que debería llevarle a protegerse del cielo: cada señal en el lomo, cada chasquido de arma eléctrica, los insultos, el plátano putrefacto que ha sido mi alimento durante años, mi inteligencia…

Los disparos y las sirenas al fin callan. Me gusta este silencio. Desciendo del árbol. Veo la espalda del hombre. Tengo a mi alcance los hombros que sustentan la frágil cabeza. He sido el más paciente de todos. Este es mi premio. Deberías saberlo: así es la selva.
 

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